St. Ambrose

REFERENCIAS BÍBLICAS

Matthew 11:28-30

En el Evangelio de hoy Jesús ofrece liberarnos de la carga de nuestra soberbia. 

¿Qué es lo que hace que nuestra vida sea pesada y abatida? Precisamente la carga de nuestros propios egos, el peso de nuestro propio yo. Cuando me agrando debido a mi propia autoestima, estoy llevando todo ese peso. Jesús dice: “Háganse como niños. Quítense esa carga de sus hombros y carguen el peso de mi yugo, el yugo de mi obediencia al Padre”. 

Anthony de Mello propuso la siguiente parábola para describir nuestras almas soberbias. Un grupo de personas van sentadas en un autobús y pasan por el más magnífico campo, pero tienen las cortinas bajas en todas las ventanillas y están discutiendo quienes se sentarán en los asientos delanteros del autobús. Esta es la carga de la soberbia: preferir los confines limitados y aburridos del autobús a la belleza está fácilmente disponible a tu alrededor. Por ello, es que Jesús puede decir, “Mi yugo es llevadero y mi carga es ligera”. Lo que el Señor propone no es una liberación del sufrimiento sino, lo que es mucho más importante, una liberación de uno mismo.

En el Evangelio de hoy Jesús dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mateo 11, 28). El Señor no reserva esta frase para alguien, sino que la dirige a “todos” los que están cansados y oprimidos por la vida. Hoy Él dice a cada uno: “¡Ánimo, no te rindas ante los pesos de la vida, no te cierres ante los miedos y los pecados, sino ven a mí!”. Él nos espera, nos espera siempre, no para resolvernos mágicamente los problemas, sino para hacernos fuertes en nuestros problemas. Jesús no nos quita los pesos de la vida, sino la angustia del corazón; no nos quita la cruz, sino que la lleva con nosotros. Y con Él cada peso se hace ligero (cf. v. 30) porque Él es el descanso que buscamos. Cuando en la vida entra Jesús, llega la paz, la que permanece en las pruebas, en los sufrimientos. Vayamos a Jesús, démosle nuestro tiempo, encontrémosle cada día en la oración, en un diálogo confiado y personal; familiaricemos con su Palabra, redescubramos sin miedo su perdón, saciémonos con su Pan de vida: nos sentiremos amados y consolados por Él. (Ángelus, 9 de julio de 2017)

Ambrosio, Santo

Memoria Litúrgica, 7 de diciembre

Por: Redacción | Fuente: Archidiócesis de Madrid

Obispo y Doctor de la Iglesia

Martirologio Romano: Memoria de san Ambrosio, obispo de Milán, y doctor de la Iglesia, que descansó en el Señor el día cuatro de abril, fecha que en aquel año coincidía con la vigilia pascual, pero que se le venera en el día de hoy, en el cual, siendo aún catecúmeno, fue escogido para gobernar aquella célebre sede, mientras desempeñaba el oficio de Prefecto de la ciudad. Verdadero pastor y doctor de los fieles, ejerció preferentemente la caridad para con todos, defendió valerosamente la libertad de la Iglesia y la recta doctrina de la fe en contra de los arrianos, y catequizó el pueblo con los comentarios y la composición de himnos. († 397).

Breve Biografía

El joven prefecto de Liguria y de Emilia, Ambrosio, nació en Tréveris hacia el año 340 de una familia romana. Todavía era catecúmeno, cuando por aclamación del pueblo fue elegido a la sede episcopal de Milán, el 7 de diciembre del 374. En cuestión de religión cristiana tenía que aprender casi todo, y se dedicó sobre todo al estudio de la Biblia con tanto empeño que pronto la aprendió a fondo. Pero Ambrosio no era un intelectual puro; era sobre todo un óptimo administrador de su comunidad cristiana. Fue un verdadero padre espiritual de los jovencitos emperadores Graciano y Valentiniano II y del temible Teodosio I, a quien no dudó en reprochar duramente, exigiéndole una penitencia pública como expiación por haber hecho asesinar al pueblo de Tesalónica para acabar con una revuelta. Ambrosio es el símbolo de la Iglesia que renace después de los duros años del ocultamiento y de las persecuciones. Por medio de él la Iglesia de Roma trató sin nada de servilismos con el poder político.

Sus cualidades personales fueron las que le atrajeron la devota atención de todos. La actividad cotidiana de Ambrosio estaba dedicada a la dirección de su propia comunidad, y cumplía sus compromisos pastorales predicando a su pueblo más de una homilía semanal. San Agustín, quien fue un asiduo oyente de los sermones de San Ambrosio, nos cuenta en sus Confesiones que el prestigio de la elocuencia del obispo de Milán era muy grande y muy eficaz el tono de este apóstol de la amistad.

Sus libros publicados que han llegado hasta nosotros son las rápidas transcripciones y reutilizaciones de sus discursos, poco o nada revisados. Sus famosos Comentarios exegéticos, antes de ser reunidos en volúmenes, habían sido predicados a la comunidad cristiana de Milán. En ellos se nota el tono familiar del pastor que se dirige con amable sencillez a sus fieles. En ellos se siente palpitar el corazón de un gran obispo, que logra suscitar conmovedora emoción en sus oyentes con argumentos llenos de emotividad y de interés. Como buen pastor le gusta enseñar cantos litúrgicos a su pueblo. Por eso compuso un buen número de himnos, algunos son todavía familiares en la liturgia ambrosiana. Fue él quien introdujo en occidente el canto alternado de los salmos.

Entre sus escritos que no tienen relación directa con su predicación, recordamos el De officiis ministrorum, porque, recalcando el conocido texto ciceroniano y acogiendo todos sus elementos, demuestra que el cristianismo puede asimilar sin peligro de alterar el significado de la buena noticia esos valores morales naturales que el mundo pagano y romano en particular supo expresar. Ambrosio murió en Milán el 4 de abril del 397.

Soy manso y humilde de corazón

Santo Evangelio según san Mateo 11, 28-30. Miércoles II de Adviento

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, estoy en tu presencia. Gracias por permitirme estar frente a ti. Aumenta mi fe para que crea que Tú eres mi única esperanza. Aumenta mi esperanza para que espere siempre en tu amor. Aumenta mi amor para amarte con la certeza de la fe.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, Jesús dijo: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

¿A quién le gustan los lunes? Apenas suena el despertador y comienza el ajetreo. Trabajo o escuela; jefes o profesores; tareas para la semana o proyectos para el mes; parece que el lunes fue hecho para cansarnos y fastidiarnos la vida. Llegamos a nuestra casa, después de una jornada tan agitada, nos ponemos cómodos, sentados en un sillón o tirados en la cama y dejamos escapar el tan esperado ufff… por fin se acabó el día.

Podemos estar viviendo en un eterno lunes espiritual. A veces no nos va bien en el trabajo o en la escuela; nuestros jefes o profesores son injustos con nosotros y nos tratan mal; nuestro futuro no está asegurado y nos causa incertidumbre e intranquilidad y muchas cosas más que nos hacen cansar y rendir espiritualmente. Hoy Jesús nos dice: Vengan a mí todos los que estén fatigados y agobiados por la carga y yo los aliviaré.

Todos tenemos piedras en los zapatos: tribulaciones, problemas, situaciones familiares que nos agobian. Dios nuestro Señor quiere cargar con todo eso. Nos invita a acercarnos a Él y dejar correr ese suspiro que tanto anhela nuestro espíritu: ufff… por fin siento paz en el alma.

La clave para liberarnos de todas nuestras cargas nos la da el mismo Jesús: Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para vuestras almas. Somos tan soberbios que no queremos dejar que nos ayuden. Sólo con la humildad podemos decir: Señor, ya no puedo más. Mira qué pesada es mi carga. ¡Ayúdame!

Pidámosle a María que nos ayude a reconocer nuestra falta de fuerzas, y que nos haga mansos y humildes, como su hijo.

-Jesús manso y humilde de corazón
-Haz mi corazón semejante al tuyo.

«Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano. Entre ellas, quisiera destacar una: “Bienaventurados los mansos”. Jesús dice de sí mismo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Este es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor. La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y nos enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad».

(Homilía de S.S. Francisco, 1° de noviembre de 2016).

Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te am

Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Haré una visita al Santísimo, o una comunión espiritual donde ponga delante de Dios con humildad la carga que estoy teniendo.

Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Los agobios

El agobiado, más allá de su cansancio real, sobre todo tiene miedo

Ayer por la tarde me encontré por un pasillo a Bibiana, que, con las gafas a media asta, se arrastraba hacia la sala de estudio. En la mano izquierda llevaba una botella de agua, y estrujaba con el brazo derecho una carpeta de la que sobresalían algunos folios emborronados.

¿Duermes bien, Bibiana?

Tengunexamenparaelunyestoysuperstresadagrmaypuf…

El lenguaje de los agobiados/as es confuso; se requiere práctica para entenderlo y puede desconcertar a quien no se encuentre familiarizado con él.

En este caso, la amable colegial quería decir que agradecía mi interés por su descanso, pero que no estaba en condiciones de mantener un diálogo civilizado.

Todo lo cual me ha llevado a redactar estas breves reflexiones sobre los agobios, basándome más que nada en la observación directa de la naturaleza y en los singulares comportamientos de los estudiantes en vísperas de exámenes.

Ay, chica, qué agobio. Mañana contabilidad

La palabra agobio deriva del término latino gybus, que significa giba o joroba. Por tanto, desde el punto de vista etimológico, agobiado/a equivale, aproximadamente, a jorobado/a, giboso/a o gibado/a.

El agobiado (pido permiso para suprimir de ahora en adelante la referencia femenina /a) lleva, en efecto, un sobrepeso en sus espaldas, una chepa moral que tiende a compartir con quienes le rodean para jorobar al prójimo como a sí mismo.

No es sólo cuestión de exceso de trabajo. El Planeta está lleno de gentes que no paran un minuto, y no por eso sufren tan penoso síndrome. El problema de los agobiados es, probablemente, que carecen de experiencia. Nunca se habían encontrado en la necesidad de aplicarse tanto, y piensan que el Cosmos entero debería ser partícipe de su sufrimiento interior.

El agobiado, más allá de su cansancio real, sobre todo tiene miedo. Miedo al trabajo mismo, al curre futuro, que se le aparece como una amenaza inminente y peligrosa. El agobiado padece hoy los tormentos que prevé para mañana. Y su cerebro, ante tal oleada de catástrofes presentidas, se colapsa, su mente se paraliza y queda incapacitado para trabajar serenamente. Todo lo cual sólo sirve para que se multiplique el agobio.

Carlos, que estudió conmigo hace mil años en un Colegio Mayor de Sevilla, era el prototipo de agobiado crónico.

«Mañana tengo que estudiar doce horas seguidas», aseguraba con mirada doliente.

Manos a la obra

Después de tan solemne aserción, lo disponía todo para la batalla: se levantaba tarde «para estar descansaíto» y con la mente lúcida. Tras un desayuno energético, daba un paseo para tonificar los músculos. El aperitivo, por supuesto, era sagrado. Después de comer, tres o cuatro cafés para mantenerse despierto. Un par de horas más tarde ya había preparado el escenario: los libros bien a mano; la luz, por la izquierda; un termo con más café; cuatro cajetillas de tabaco; zapatillas para sus cansados pinreles; un flexo de luz intensa para evitar fatigas; bolígrafos de tres colores; lápiz para subrayar; folios en abundancia; aspirina para previsibles cefaleas, y música ambiental.

A las nueve cena.

Que noche me espera. Tengo que estudiar lo menos quince horas…

La hora de la verdad

Después de la cena, una copita… Y entonces sí: con paso firme y mirada bizarra, entraba decidido en su habitación. Al cabo de diez minutos de estudio comprendía que, en realidad, donde mejor se trabaja es en la cama. Con tres almohadas de respaldo y un cuarto de hora perdido en trasladar el equipaje, se embutía el pijama, entraba en la piltra y abría el libro.

Una hora después me tocaba apagarle la luz.

Desde luego, ni Bibiana ni sus colegas del Somosierra son así. Carlos, además de agobio, tenía más morro que un oso hormiguero. Sin embargo la enfermedad y el tratamiento son idénticos.

El agobio se compone de un 30% de pereza, un 30% de pánico un 15% de remordimiento, un 15% de autocompasión y un 10% de desorden. De ahí que, para superarlo, haya que elaborar una fórmula a base de diligencia, orden, reciedumbre, valor y confianza. Confianza también, porque no es cierto eso de que «lo que no has hecho en todo el curso no lo vas a hacer en tres semanas»… En tres semanas pueden hacerse milagros.

Y no os olvidéis de ofrecer a Dios, con el estudio, los agobios. El mismo Jesucristo nos lo sugiere en el Evangelio: «Venid a mí todos los fatigados (por el trabajo) y agobiados (por el canguelo), que yo os aliviaré» (Mt 11, 28-29).

No, no dice que yo os aprobaré. Lo lamento.

Adviento es un período para abrir los ojos

Volver a centrarse, prestar atención, tomar conciencia de la presencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas.

El Adviento no cambia a Dios. El Adviento profundiza en nuestro deseo y en nuestra espera de que Dios realice lo que los profetas anunciaron. Rezamos para que Dios ceda a nuestra necesidad de ver y sentir la promesa de salvación aquí y ahora.

Durante este tiempo de deseo y de espera del Señor, se nos invita a rezar y a profundizar en la Palabra de Dios, pero estamos llamados ante todo a convertirnos en reflejo de la luz de Cristo, que en realidad es el mismo Cristo. De todas formas, todos sabemos lo difícil que es reflejar la luz de Cristo, especialmente cuando hemos perdido nuestras ilusiones, cuando nos hemos acostumbrado a una vida sin luz y ya no esperamos más que la mediocridad y el vacío. Adviento nos recuerda que tenemos que estar listos para encontrar al Señor en todo momento de nuestra vida. Como un despertador despierta a su propietario, Adviento despierta a los cristianos que corren el riesgo de dormirse en la vida diaria.

¿Qué esperamos de la vida o a quién esperamos? ¿Por qué regalos o virtudes rezamos en este año? ¿Deseamos reconciliarnos en nuestras relaciones rotas? En medio de nuestras oscuridades, de nuestras tristezas y secretos, ¿qué sentido deseamos encontrar? ¿Cómo queremos vivir las promesas de nuestro Bautismo?

¿Qué cualidades de Jesús buscaremos para nuestras propias vidas en este Adviento? Con frecuencia, las cosas, las cualidades, los regalos o las personas que buscamos y deseamos dicen mucho sobre quiénes somos realmente. ¡Dime qué esperas y te diré quién eres!

Adviento es un período para abrir los ojos, volver a centrarse, prestar atención, tomar conciencia de la presencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas.

Adviento ofrece la maravillosa oportunidad de realizar las promesas y el compromiso de nuestro Bautismo.

El cardenal Joseph Ratzinger escribió que «el objetivo del año litúrgico consiste en recordar sin cesar la memoria de su gran historia, despertar la memoria del corazón para poder discernir la estrella de la esperanza. Esta es la hermosa tarea del Adviento: despertar en nosotros los recuerdos de la bondad, abriendo de este modo las puertas de la esperanza».

En este tiempo de Adviento, permítanme presentarles algunas sugerencias:

Acaben con una riña. Hagan la paz. Busquen a un amigo olvidado. Despejen la sospecha y sustitúyanla por la confianza. Escriban una carta de amor.

Compartan un tesoro. Respondan con dulzura, aunque les gustara una respuesta brutal. Alienten a un joven a tener confianza en él mismo. Mantengan una promesa. Encuentren tiempo, tómense tiempo. No guarden rencor. Perdonen al enemigo. Celebren el sacramento de la reconciliación. Escuchen más a los otros. Pidan perdón si se han equivocado. ¡Sean gentiles aunque no se hayan equivocado! Traten de comprender. No sean envidiosos. Piensen antes en el otro.

Rían un poco. Ríanse un poco más. Gánense la confianza. Opónganse a la maldad. Sean agradecidos. Vayan a la iglesia. Quédense en la iglesia más de tiempo de lo acostumbrado. Alegren el corazón de un niño. Contemplen la belleza y la maravilla de la tierra. Expresen su amor. Vuélvanlo a expresar. Exprésenlo más fuerte. Exprésenlo serenamente. ¡Alégrense porque el Señor está cerca!

Ambrosio de Milán, el santo que encontró la respuesta a todo

«¡Cristo es todo para nosotros!» era su lema de vida

«Si estás oprimido por la iniquidad, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz».

Son palabras de san Ambrosio, cuyo lema de vida era «¡Cristo es todo para nosotros!».

Con sus numerosos discursos, cartas e himnos, este obispo de Milán del siglo IV (Doctor de la Iglesia y uno de los cuatro Padres de Occidente) cambió la vida de muchísimas personas.

Su fuerza y sabiduría fueron sin duda determinantes para que san Agustín de Hipona se hiciera cristiano.

Anthonis van Dyck

Él mismo le bautizó y, aunque sólo es una leyenda, se cuenta que ese día de Pascua del año 387 ellos dos compusieron improvisadamente el célebre himno Te Deum.

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Belleza y verdad

San Ambrosio adoptó y generalizó el canto alternado de dos coros y compuso también música. Todavía hay un rito litúrgico latino que lleva su nombre.

Además de pasión, tenía una sólida formación y una realista pedagogía con la que profundizó y difundió la fe católica.

Fue él quien introdujo en Occidente la lectura meditada de las Escrituras, para hacer que penetre en el corazón, algo que hoy se conoce con el nombre de lectio divina, según dijo el papa Benedicto XVI en la audiencia general del 24 de octubre de 2007.

Pero esto no siempre fue así.

De hecho Ambrosio iba para político. Su padre era prefecto de las Galias. Cuando murió, Ambrosio se trasladó de Tréveris a Roma, donde realizó estudios humanísticos y jurídicos.

De gobernador a obispo

En torno al año 370 fue nombrado gobernador de Liguria y Emilia, y se instaló en la capital, Milán.

Como responsable del orden público, le tocó mediar en un conflicto entre católicos y arrianos que surgió en Milán al morir su obispo, Auxencio, un arriano que ocupaba la sede ilegítimamente (el obispo legítimo Dionisio había muerto en el destierro).

Y lo hizo tan bien, que de una manera sorprendente e inesperada, el gobernador acabó siendo nombrado obispo. Por aclamación popular. ¡En aquel momento Ambrosio ni siquiera estaba bautizado!

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En unos pocos días, fue bautizado, confirmado, ordenado sacerdote y consagrado obispo. Pronto dio lo que tenía a los pobres.

Pastor y predicador

El sacerdote Simpliciano le ayudó en su formación doctrinal. Y mientras aprendía, predicaba y dirigía la diócesis, de una manera muy fecunda, por cierto, en un camino que le llevó a encontrar a Dios.

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Combatió el paganismo y el arrianismo, e hizo que se reconociera el poder moral de la Iglesia por encima del Estado. Sobre todo fue un gran pastor.

Murió en el año 397 y sus restos pueden visitarse en la basílica de San Ambrosio de Milán.

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