TOQUES DE HOY

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Reflexiones diarias del Evangelio

Referencias Bíblicas
• John 5:1-16
• Obispo Robert Barron

Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús sana a un hombre que estuvo físicamente enfermo durante treinta y ocho años. Quisiera hacer aquí una observación sobre otra manifestación del poder de Cristo: la curación espiritual.



Los Evangelios están llenos de relatos de encuentros donde Jesús sana a personas cuyas energías espirituales estaban imposibilitadas de fluir. Gran parte del ministerio de Jesús consistió en enseñar cómo ver (el reino de Dios), cómo escuchar (la voz del Espíritu), cómo caminar (superando la parálisis del corazón), cómo liberarse de sí mismos como para así descubrir a Dios. Es interesante que la Iglesia primitiva se refería a Jesús como Salvador (soter en griego y salvator en latín). Ambos términos se refieren a aquél que brinda curación.



 

 

El “alma” es ese lugar inmóvil del corazón de cada persona, ese centro más profundo, ese punto de encuentro con el misterio trascendente pero encarnado de Dios. Cuando el alma está sana, está en relación viva con Dios; está firmemente arraigada en el suelo de la relevancia, y es el centro más profundo de la persona.

 

 

Hugo de Grenoble, Santo

Obispo, 1 de abril

 

Por: n/a | Fuente: Archidiósesis de Madrid

Martirologio Romano: En Grenoble, en Burgundia, san Hugo, obispo, que se esforzó en la reforma de las costumbres del clero y del pueblo, y siendo amante de la soledad, durante su episcopado ofreció a san Bruno, maestro suyo en otro tiempo, y a sus compañeros, el lugar de la Cartuja, que presidió cual primer abad, rigiendo durante cuarenta años esta Iglesia con esmerado ejemplo de caridad (1132).

Etimológicamente: Hugo = Aquel de Inteligencia Clara, es de origen germano.
Fecha de canonización: 22 de abril de 1134 por el Papa Inocencio II.

Breve Biografía

El obispo que nunca quiso serlo y que se santificó siéndolo.

Nació en Valence, a orillas del Isar, en el Delfinado, en el año 1053. Casi todo en su vida se sucede de forma poco frecuente. Su padre Odilón, después de cumplir con sus obligaciones patrias, se retiró con el consentimiento de su esposa a la Cartuja y al final de sus días recibió de mano de su hijo los últimos sacramentos. Así que el hijo fue educado en exclusiva por su madre.


Aún joven obtiene la prebenda de un canonicato y su carrera eclesiástica se promete feliz por su amistad con el legado del papa. Como es bueno y lo ven piadoso, lo hacen obispo a los veintisiete años muy en contra de su voluntad por no considerarse con cualidades para el oficio -y parece ser que tenía toda la razón-, pero una vez consagrado ya no había remedio; siempre atribuyeron su negativa a una humildad excesiva. Lo consagró obispo para Grenoble el papa Gregorio VII, en el año 1080, y costeó los gastos la condesa Matilde.

 

Al llegar a su diócesis se la encuentra en un estado deprimente: impera la usura, se compran y venden los bienes eclesiásticos (simonía), abundan los clérigos concubinarios, la moralidad de los fieles está bajo mínimos con los ejemplos de los clérigos, y sólo hay deudas por la mala administración del obispado. El escándalo entre todos es un hecho. Hugo -entre llantos y rezos- quiere poner remedio a todo, pero ni las penitencias, ni las visitas y exhortaciones a un pueblo rudo y grosero surten efecto. Después de dos años todo sigue en desorden y desconcierto. Termina el obispo por marcharse a la abadía de la Maison-Dieu en Clermont (Auvernia) y por vestir el hábito de san Benito. Pero el papa le manda taxativamente volver a tomar las riendas de su iglesia en Grenoble.

Con repugnancia obedece. Se entrega a cumplir fielmente y con desagrado su sagrado ministerio. La salud no le acompaña y las tentaciones más aviesas le atormentan por dentro. Inútil es insistir a los papas que se suceden le liberen de sus obligaciones, nombren otro obispo y acepten su dimisión. Erre que erre ha de seguir en el tajo de obispo sacando adelante la parcela de la Iglesia que tiene bajo su pastoreo. Vendió las mulas de su carro para ayudar a los pobres porque no había de dónde sacar cuartos ni alimentos, visita la diócesis andando por los caminos, estuvo presente en concilios y excomulgó al antipapa Anacleto; recibió al papa Inocencio II -que tampoco quiso aceptar su renuncia- cuando huía del cismático Pedro de Lyon y contribuyó a eliminar el cisma de Francia.

 

Ayudó a san Bruno y sus seis compañeros a establecerse en la Cartuja que para él fue siempre remanso de paz y un consuelo; frecuentemente la visita y pasa allí temporadas viviendo como el más fraile de todos los frailes.

Como él fue fiel y Dios es bueno, dio resultado su labor en Grenoble a la vuelta de más de medio siglo de trabajo de obispo. Se reformaron los clérigos, las costumbres cambiaron, se ordenaron los nobles y los pobres tuvieron hospital para los males del cuerpo y sosiego de las almas. Al final de su vida, atormentado por tentaciones que le llevaban a dudar de la Divina Providencia, aseguran que perdió la memoria hasta el extremo de no reconocer a sus amigos, pero manteniendo lucidez para lo que se refería al bien de las almas. Su vida fue ejemplar para todos, tanto que, muerto el 1 de abril de 1132, fue canonizado solo a los dos años, en el concilio que celebraba en Pisa el papa Inocencio.

No tuvo vocación de obispo nunca, pero fue sincero, honrado en el trabajo, piadoso, y obediente. La fuerza de Dios es así. Es modelo de obispos y de los más santos de todos los tiempos.

 

 

El médico al revés

Santo Evangelio según San Juan 5,1-3.5-16.

 

 

Martes IV de Cuaresma.
Por: Rodrigo Marín, LC
Fuente: somosrcmx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!



Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)



¡Señor, aumenta mi esperanza! Ayúdame a confiar que todo lo que me sucede siempre es para mi bien y a aceptar siempre tu voluntad.



Evangelio del día (para orientar tu meditación)


Del santo Evangelio según san Juan 5,1-3.5-16



En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo las cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban la agitación del agua. Porque el ángel del Señor descendía de vez en cuando a la piscina, agitaba el agua y, el primero que entraba en la piscina, después de que el agua se agitaba, quedaba curado de cualquier enfermedad que tuviera. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Al verlo ahí tendido, y sabiendo que llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: «¿Quieres curarte?» Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo». Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. Aquel día era sábado, por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: «No te es lícito cargar tu camilla». Pero él contestó: «El que me curó me dijo: «Toma tu camilla y anda». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te dijo: «Toma tu camilla y anda?». Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: «Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor». Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.



Palabra del Señor



Medita lo que Dios te dice en el Evangelio



 

Cristo es un médico que hace las cosas al revés. Normalmente, cuando alguien está enfermo va en busca de un médico o de una cura. Si nos duele la cabeza vamos por una aspirina; si nos caemos, vamos a que nos enyesen la mano o el pie. Pero nunca viene la medicina ni el médico hacia nosotros.

Cristo le dijo al hombre del evangelio: ¿Quieres curarte? En esta Semana Santa Cristo, una vez más, sale a nuestro encuentro. Él sabe más que nosotros mismos de qué estamos enfermos, pero debemos aceptar nuestras enfermedades.

Los dones personales, los sorprendentes milagros, toda la creación, los podemos ver como la seguridad sobre la cual fundamos nuestra vida católica.

Dejarnos sumergir en el océano de la misericordia de Dios es la cura de nuestros males.

Pidámosle a María que nos siga acompañando en estos días previos a la Semana Santa.



«Jesús tenía autoridad porque se acercaba a la gente. Él «entendía» los problemas de la gente, entendía los dolores de la gente, entendía los pecados de la gente. Por ejemplo, Jesús entendió bien que aquel paralítico en la piscina de Betsaida era un pecador y después de haberlo sanado, ¿qué le dijo? «No peques más». Lo mismo dijo a la adúltera. El Señor podía decir estas palabras porque era cercano, entendía, acogía, curaba y enseñaba con cercanía».
(Homilía del Papa Francisco, 9 de enero de 2018).



Diálogo con Cristo



Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.



Propósito



Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.



En una visita a Jesús le pediré que sea Él el único que alimente mi alma y que me ayude a curarme de aquello que me aleja de su amor.



 

 

Despedida



¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

 

 

¿Sabías que ganar indulgencias parciales es muy fácil?

Ganar una indulgencia plenaria es maravilloso, pero la Iglesia se asegura de que sus hijos accedan al su tesoro de satisfacciones con las indulgencias parciales

 

 

Este año, con motivo del Jubileo 2025, tenemos la oportunidad de ganar la indulgencia plenaria pasando por la Puerta Santa, ya sea en Roma o en la iglesia catedral de cada una de las Diócesis del mundo. Sabemos que con ella queda saldada la deuda que pudiésemos tener después de la muerte y que, necesariamente, nos hará pasar por el purgatorio.

Sin embargo, tal vez olvidamos que, dentro del tesoro de la Iglesia que resguarda las satisfacciones de Cristo y de los santos, también existen las indulgencias parciales.

Las indulgencias parciales

El Indulgentiarum doctrina del Papa Paulo VI dice de la indulgencia:

Esta remisión de la pena temporal debida por los pecados, perdonados ya en lo que se refiere a la culpa, fue designada con el nombre «indulgencia» (no. 8).

Y leemos en las reglas publicadas en el decreto Enchiridion de las indulgencias:

1 – La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, en cuanto a la culpa, que los fieles de Cristo, convenientemente dispuestos y bajo ciertas y definidas condiciones, obtienen con la ayuda de la Iglesia, la cual, como ministra de la redención, dispensa y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos. 

El decreto menciona, además, que «la indulgencia es parcial o plenaria según que libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o en todo».  

Y lo más importante: «Todo fiel puede ganar indulgencias, tanto parciales como plenarias, para sí mismo o aplicarlas a los difuntos a modo de sufragio».

¿Cómo ganar las indulgencias parciales?

Existen obras que nos pueden ayudar a ganarlas a diario y varias veces durante el día. Por eso es bueno conocerlas para aprovecharlas, tanto para nuestro bien espiritual como para auxiliar a nuestros hermanos del purgatorio.

El Manual de indulgencias nos indica las obras con las que podemos obtenerlas. Mencionaremos solo algunas:

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que trabaje en enseñar o aprender la doctrina cristiana.

Use con devota actitud interna algún objeto de piedad debidamente bendecido por cualquier sacerdote o diácono.

Para su edificación personal, haga piadosamente oración mental.

Asista atenta y devotamente a otras formas de predicación sagrada de la Palabra de Dios.

Rece piadosamente el cántico “Proclama mi alma” (Magníficat).

Si al amanecer, al mediodía y al atardecer, rece devotamente la plegaria “El ángel del Señor”(Ángelus) con los versículos y la oración propia, o bien en el tiempo pascual la antífona “Reina del cielo” (Regina Caeli), también con su oración correspondiente.

Eleve fervorosamente a la Virgen María alguna de las oraciones aprobadas.

Invoque devotamente a su ángel custodio con una oración debidamente aprobada.

Que invoque devotamente a san José, Esposo de la Virgen María, con una oración debidamente aprobada

Y hay más, pero ya lo sabemos, tenemos muchas oportunidades para alcanzar indulgencias, no las desperdiciemos.

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