TOQUES DE HOY

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Reflexiones diarias del Evangelio

Referencias Bíblicas
• John 7:40-53
Obispo Robert Barron

 

Amigos, en el Evangelio de hoy vemos cómo la predicación de Jesús causaba divisiones. Algunos oyentes creyeron, pero otros quisieron arrestarlo.



La vida, la predicación y la misión de Jesús están basadas en que no todo está bien con nosotros, que necesitamos una renovación en nuestro comportamiento, actitud y visión. Hace unas décadas atrás apareció un libro titulado Yo Estoy Bien, Tú Estás Bien. La actitud que el libro ilustra y su mismo título son perjudiciales al cristianismo.



Hoy, la ocurrencia del pecado a menudo se pasa por alto. Miren, nadie jamás ha disfrutado de ser acusado de pecar, pero especialmente en nuestra cultura de hoy hay una alergia a admitir nuestras fallas personales.



Una religión de salvación no tiene sentido si todo está básicamente bien con nosotros, si todo lo que necesitamos es acicalar un poco los bordes. Los santos cristianos son aquellos que pueden soportar la horrible revelación de que el pecado no es simplemente una abstracción o algo con lo que otras personas luchan, sino un poder que acecha y obra en ellos.



Cuando perdemos la visión del pecado, perdemos la visión del cristianismo, que es una religión de salvación.

 

 

Vicente Ferrer, Santo

Memoria Litúrgica, 5 de abril

Por: P. Ángel Amo
Fuente: Catholic.net
Presbítero

Martirologio Romano: San Vicente Ferrer, presbítero de la Orden de Predicadores, de origen español, que recorrió incansablemente ciudades y caminos de Occidente en favor de la paz y la unidad de la Iglesia, predicando a pueblos innumerables el Evangelio de la penitencia y la venida del Señor, hasta que en Vannes, lugar de Bretaña Menor, entregó su espíritu a Dios. († 1419)

Fecha de canonización: 3 de junio de 1455 por el Papa Calixto III.

Breve Biografía


»Bebe el agua del maestro Vicente» se dice todavía en España para recomendar el silencio. La expresión se refiere a un sabio consejo que el dominico san Vicente Ferrer dio a una mujer que le preguntaba qué podía hacer para congeniar con el malhumorado marido. «Tome este frasco de agua -contestó el santo- y cuando tu esposo regrese del trabajo, tómate un sorbo y mántenlo en la boca el mayor tiempo posible». Era el mejor modo de hacer que la mujer tuviera la boca cerrada y no contestara al marido.

La anécdota hace ver la humana simpatía de este hombre, acérrimo fustigador de las costumbres, que le mereció de sus contemporáneos el título de «ángel del Apocalipsis», porque en sus sermones acostumbraba amenazar con flagelos y tribulaciones.


Vicente nació en Valencia, España, el 23 de enero de 1350. Hijo de un prestigioso notario, tuvo cinco hermanos. Junto a sus devotos padres experimentó el amor a Cristo y a María desde su más tierna infancia. Ellos le incitaron a realizar alguna penitencia todos los viernes en memoria de la Pasión, y otro tanto hacía los sábados en honor a la Virgen. Estas prácticas las mantuvo vivas hasta el fin de sus días.

 

Su inclinación a socorrer a los pobres se manifestó en esta temprana edad. En conjunto, su biografía aparece engarzada con las virtudes que le adornaron y numerosos prodigios celestiales con los que fue favorecido. Su trayectoria espiritual discurrió por senderos penitenciales. Y de hecho, no se libró de tentaciones que intentaron perturbar sus altos anhelos. Como el diablo siempre se halla al acecho de la «presa» que puede perder si, como era su caso, se trata de alguien seducido por el amor de Dios, se alió con su aspecto para tratar de inducirle al mal. Porque el muchacho era bien parecido y suscitaba pasiones en algunas mujeres. Dos de dudosa vida se propusieron conquistarle sin éxito y atentaron contra su fama sembrando calumnias.

Las cotas que Vicente se había impuesto no tenían fronteras. Aunaba inteligencia y virtud, todo lo cual no pasó desapercibido para los dominicos que se ocuparon de su formación. Éstos, diezmados por la temible peste negra, pero sobre todo conmovidos por el ejemplo del aplicado joven, no dejaron escapar esta gran vocación que acogieron gozosos en la comunidad. El santo profesó en 1370. Después, satisfactoriamente cursó estudios de filosofía y teología, que culminaron con un doctorado en esta última disciplina obtenido con la máxima calificación. A partir de entonces se dedicó a ejercer la docencia en las universidades de Valencia, Barcelona y Lérida.

Cinco años más tarde fue ordenado sacerdote. El germen del Cisma de Occidente, que ya estaba larvado, no tardaría en saltar a la palestra. Cuando lo hizo, en el año 1378, Vicente sufrió por la gravísima divergencia y confusión creada entre los partidarios de Avignon y los de Roma. Él se había decantado por Benedicto XIII, a quien consideró legítimo pontífice; estaba bajo su amparo en Avignon. Pero este conflicto eclesial le afectó tan seriamente que peligró su vida. Entonces, una locución divina que se produjo el 3 de octubre de 1398 le rescató de una eventual muerte, diciéndole: «¡Vicente! Levántate y vete a predicar». Esta manifestación sobrenatural fue un poderoso resorte que modificó el rumbo de su existencia.

 

Una de sus grandes inquietudes fue restituir la unidad de la Iglesia. Y si primeramente reconoció al sucesor de Pedro en Benedicto XIII, quien se propuso concederle la dignidad episcopal y la cardenalicia, honores que Vicente rechazó, después mostró inequívoco apoyo al pontífice de Roma. Su intervención en el conflicto propició que altos mandatarios europeos, comenzando por los que estaban al frente de la Corona de Aragón, prestasen fidelidad al legítimo papa. En 1417, un año después de que Vicente culminara su particular campaña, era elegido Martín V.

Contó con un excelente recurso: su gran oratoria. Un poderoso imán para las muchedumbres. Además de su lengua nativa, dominaba el latín y tenía nociones de hebreo. Pero esto hubiera sido insuficiente para haberse hecho entender en las distintas naciones en las que su predicación floreció sino fuera por el hecho prodigioso de que los fieles comprendían perfectamente lo que decía porque le oían en su propia lengua.

El objetivo de Vicente era la conversión de los pecadores. Durante treinta años evangelizó incansablemente por el norte de España, Italia y Suiza, así como en el sur de Francia, siempre en lugares abiertos para acoger a millares de personas, con grandes frutos espirituales. Se cuentan por decenas de miles los musulmanes que convirtió.

Sus sermones se prolongaban durante varias horas seguidas, pero nadie daba muestras de cansancio. Tenía la capacidad de mantener la atención en el auditorio con el tono y modulaciones de su voz. Pero, sobre todo, con la pasión que ponía en lo que decía. Huyendo de lenguajes artificiosos y recargados, supo traslucir a Dios. ¿Cómo? Orando. Es la clave de todos los santos. Antes de predicar se retiraba durante varias horas. Y la gracia se derramaba a raudales. Cada persona se sentía particularmente interpelada e invitada a vivir el amor a Dios. Las conversiones eran públicas, y los penitentes no se avergonzaban de reconocer sus pecados ante la concurrencia. Muchos sacerdotes le acompañaban para poder confesarlos a todos. Alabanzas, lágrimas de arrepentimientos, rezos…, eran el broche de oro de cada una de sus intervenciones.

 

Tenía autoridad moral porque su vida era sencilla y austera. Era íntegro, auténtico. Ayunaba, dormía en el suelo, y se trasladaba a pie para ir a las ciudades. Solo al final de sus días, como enfermó de una pierna, recorría los lugares en un humilde jumento. Tanta bondad resumida en su persona conmovía de tal modo a la gente que, enardecida por sus palabras, intentaban robarle trozos de su hábito a modo de reliquia. Para evitar males mayores, unos hombres se ocupaban de darle escolta.

Algunos lo denominaron «ángel del Apocalipsis» ya que solía recordar los pasajes del texto evangélico donde se advierte de lo que espera a los impenitentes. Por donde pasaba erradicaba vicios sociales y personales. Él se sabía pecador, y repetía: «Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la fetidez de mis culpas». Ya envejecido, débil y lleno de enfermedades, le ayudaban a subir al lugar donde debía impartir el sermón. Entonces se transformaba. Y la gente volvía a ver en él al hombre vital y entusiasta que conocieron y se contagiaban de su ardor apostólico.

Murió en Vannes, Francia, predicando, como había vivido, el 5 de abril de 1419, Miércoles de Ceniza. Tras de sí dejaba también muchos milagros. Fue canonizado por Calixto III el 3 de junio de 1455.

ORACIÓN


¡Amantísimo Padre y Protector mío,
San Vicente Ferrer!
Alcánzame una fe viva y sincera
para valorar debidamente las cosas divinas,
rectitud y pureza de costumbres
como la que tú predicabas,
y caridad ardiente para amar a Dios
y al prójimo.
Tú, que nunca dejaste sin consuelo
a los que confían en ti,
no me olvides en mis tribulaciones.
Dame la salud del alma
y la salud del cuerpo.
Remedia todos mis males.
Y dame la perseverancia en el bien
para que pueda acompañarte
en la gloria por toda la eternidad.
Amén.

Tres Padrenuestros a San Vicente Ferrer pidiendo por las necesidades de todos sus devotos.

 

 

Dejar que Cristo actúe

Santo Evangelio según San Juan 7, 40-53.

Sábado IV de Cuaresma
Por: Somosrc.mx
Fuente: Somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.

¡Venga tu Reino!



Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)



Señor, te pido la gracia de que en esta Cuaresma pueda abrir mi corazón a tu amor. Cámbiame desde dentro para que con mis obras manifieste tu gran amor.



Evangelio del día (para orientar tu meditación)


Del santo Evangelio según san Juan 7, 40-53



En aquel tiempo, algunos de los que habían escuchado a Jesús comenzaron a decir: «Este es verdaderamente el profeta». Otros afirmaban: «Este es el Mesías». Otros, en cambio, decían: «¿Acaso el Mesías va a venir de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá de la familia de David, y de Belén, el pueblo de David?». Así surgió entre la gente una división por causa de Jesús. Algunos querían apoderarse de él, pero nadie le puso la mano encima. Los guardias del templo, que habían sido enviados para apresar a Jesús, volvieron a donde estaban los sumos sacerdotes y los fariseos, y éstos les dijeron: «¿Por qué no lo han traído?». Ellos respondieron: «Nadie ha hablado nunca como ese hombre». Los fariseos les replicaron: «¿Acaso también ustedes se han dejado embaucar por él? ¿Acaso ha creído en él alguno de los jefes o de los fariseos? La chusma ésa, que no entiende la ley, está maldita. Nicodemo, aquel que había ido en otro tiempo a ver a Jesús, y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin oírlo primero y sin averiguar lo que ha hecho?». Ellos le replicaron: «¿También tú eres galileo? Estudia las escrituras y verás que de Galilea no ha salido ningún profeta». Y después de esto, cada uno de ellos se fue a su propia casa.



Palabra del Señor



 

 

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón…» (Hb 4, 12-13)



En este día me quiero centrar en la actitud de los guardias y la actitud de los fariseos. Los guardias abrieron su corazón a la palabra de Dios y, en cambio, los fariseos siguieron siendo duros de corazón, no queriendo abrirse.



Los guardias sólo observaron a Cristo, abrieron su corazón a su palabra y cambiaron de idea. No fueron necesarios los milagros o curaciones, sólo el observar y escuchar. «Me sedujiste y me dejé seducir» (Jr 20,7) Esta actitud la debemos de tener todos cuando nos acercamos a Cristo en los momento de oración. Nuestra oración solo debe de consistir en mirar a Cristo y escuchar su palabra. Debemos de dejar que su palabra penetre en nosotros hasta los más profundo de nuestro ser y nos cambie. La palabra de Dios nunca es estéril, siempre fructifica. No perdamos el tiempo delante de Cristo, cuestionándolo sin escuchar y observar, pues sólo estamos cerrándonos más a su palabra.



 

 

Por otro lado, tenemos a los fariseos, que cerraron su corazón y no quisieron creer. Pero no son sólo los fariseos los que han cerrado sus corazones, también algunos de los que siguen de cerca a Cristo. La dureza de corazón nos impide conocer plenamente quién es Cristo y, sobre todo, el no ver lo que Él está haciendo en nuestras vidas. Para poder abrir nuestro corazón, debemos de tener ese encuentro frecuente con Cristo en la Eucaristía. Ponernos delante y hacer lo mismo que los guardias, verlo y escucharlo, para que su palabra me cambie.



«Cuando los corazones se abren al Evangelio, el mundo comienza a cambiar y la humanidad resucita. Si acogemos y vivimos cada día la Palabra de Jesús, resucitamos con Él. La Cuaresma que estamos viviendo hace resonar en la Iglesia este mensaje, mientras caminamos hacia la Pascua: en todo el pueblo de Dios se vuelve a encender la esperanza de resucitar con Cristo, nuestro Salvador. Que no venga en vano la gracia de esta Pascua, para el pueblo de Dios de esta ciudad».
(Homilía de S.S. Francisco, 21 de marzo de 2015).



Diálogo con Cristo



Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.



Propósito



Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.



Haré una visita al Santísimo, para observar y escuchar atentamente lo que Dios quiere decir a mi corazón.



 

 

Despedida



¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

 

 

Un Vía Crucis muy breve para rezar durante la Cuaresma

Este Vía Crucis es uno de los más cortos, ya que puede rezarse en cinco minutos o menos, y meditar en la profundidad del camino de Jesús hacia la cruz

 

 

Una de las oraciones más poderosas de la Cuaresma es el Vía Crucis, que nos invita a recorrer los acontecimientos que condujeron a la crucifixión de Jesús en el Calvario.

Sin embargo, no siempre es fácil encontrar tiempo para rezar esta piadosa devoción, ya que todos llevamos una vida muy ajetreada y con muy poco margen.

La buena noticia es que no hay una única manera de rezar el Vía Crucis, y aunque algunas versiones pueden llevar más tiempo, hay otras opciones que requieren bastante menos tiempo.

Una opción es un método que, según se dice, utilizaban los frailes franciscanos cuando salían de misión. Los franciscanos siempre han tenido un estrecho vínculo con el Vía Crucis, ya que han tenido una presencia constante en Tierra Santa desde el siglo XIV.

He aquí su breve Vía Crucis que puede rezarse en unos cinco minutos, según el tiempo que se medite en cada estación.

Vía Crucis corto

1 Primera estación

Jesús es condenado a muerte.

¡Oh Jesús! Tan manso e inflexible, enséñame la resignación en las pruebas.

2 Segunda estación

Jesús con la cruz a cuestas.

Jesús mío, esta Cruz debería ser mía, no Tuya; mis pecados Te crucificaron.

3 Tercera estación

Jesús cae por primera vez.

¡Oh Jesús! Por esta primera caída, no me dejes caer nunca en pecado mortal.

4 Cuarta estación

Jesús se encuentra con su Madre.

¡Oh Jesús! Que ningún lazo humano, por querido que sea, me impida seguir el camino de la Cruz.

5 Quinta estación

Simón el Cirineo ayuda a Jesús a llevar su cruz.

Simón te ayudó sin querer; que con paciencia sufra todo por Ti.

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6 Sexta estación

La Verónica enjuga el rostro de Jesús.

¡Oh Jesús! Tú imprimiste Tus sagrados rasgos en el velo de la Verónica; imprímelos también indeleblemente en mi corazón.

7 Séptima estación

Jesús cae por segunda vez.

Por Tu segunda caída, presérvame, amado Señor, de recaer en el pecado.

8 Octava estación

Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

Mi mayor consuelo sería oírte decir: «Muchos pecados te son perdonados, porque has amado mucho».

9 Novena estación

Jesús cae por tercera vez.

¡Oh Jesús! cuando esté cansado en el largo camino de la vida, sé Tú mi fuerza y mi perseverancia.

10 Décima estación

Jesús despojado de sus vestiduras.

Mi alma ha sido despojada de su manto de inocencia; vísteme, querido Jesús, con el ropaje de la penitencia y la contrición.

11 Undécima estación

Jesús es clavado en la cruz.

Perdonaste a tus enemigos; Dios mío, enséñame a perdonar las injurias y a olvidarlas.

12 Duodécima estación

Jesús Muere en la Cruz.

Estás muriendo, Jesús mío, pero Tu Sagrado Corazón aún palpita de amor por Tus hijos pecadores.

13 Decimotercera estación

Jesús es bajado de la Cruz.

Recíbeme en tus brazos, oh Madre Dolorosa; y obtén para mí la contrición perfecta por mis pecados.

14 Decimocuarta estación

Jesús es puesto en el sepulcro.

Cuando te reciba en mi corazón en la Sagrada Comunión, oh Jesús, haz que sea un lugar adecuado para tu adorable Cuerpo. Amén.

«Jesús, María, los amo, salven nuestras almas».

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