St. Lucy
REFERENCIAS BÍBLICAS
• Matthew 21:28-32
Amigos, el Evangelio de hoy nos brinda la parábola de los dos hijos, una historia sobre la obediencia a Dios. Vivir la buena vida no es finalmente una cuestión de autonomía, sino de obedecer los mandamientos.
La obediencia que Jesús desea es una entrega a Aquel que quiere lo mejor para el que se entrega. Todo el Ser del Hijo es escuchar al mandato del Padre, y, en consecuencia, el ser de la criatura es escuchar el mandato del Hijo.
Por eso, en el Evangelio de Juan, Jesús nos dice: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que Yo les mando. Ya no los llamo servidores. . . . Yo los llamo amigos”. En el Jardín del Edén se perdió esa amistad con Dios que era simbolizada por la fácil comunión que disfrutaban Adán y Yahvé.
Toda la revelación bíblica que culmina con Jesús podría interpretarse como la historia de un intento por Dios de restaurar la amistad con la raza humana. En el discurso de la Última Cena escuchamos las condiciones para esa restauración: la coinherencia con Dios, que equivale a insertarse en esa coinherencia que es Dios.
Jesús les dice: “Los publicanos, es decir los pecadores, y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios”.
Esta afirmación no debe inducir a pensar que hacen bien los que no siguen los mandamientos de Dios, los que no siguen la moral, y dicen: “Al fin y al cabo, ¡los que van a la Iglesia son peor que nosotros!”.
No, esta no es la enseñanza de Jesús. Jesús no señala a los publicanos y las prostitutas como modelos de vida, sino como “privilegiados de la Gracia”. Y quisiera subrayar esta palabra “gracia”, la gracia, porque la conversión siempre es una gracia. Una gracia que Dios ofrece a todo aquel que se abre y se convierte a Él. De hecho, estas personas, escuchando su predicación, se arrepintieron y cambiaron de vida. (Ángelus, 27 septiembre 2020)
Lucía, Santa
Memoria Litúrgica, 13 de diciembre
Virgen y Mártir
Martirologio Romano: Memoria de santa Lucía, virgen y mártir, la cual, mientras vivió, conservó encendida la lámpara esperando al Esposo, y llevada al martirio en Siracusa, ciudad de Sicilia, mereció entrar con Él a las bodas y poseer la luz indefectible († c. 304).
Breve Reseña
Con el descubrimiento, hecho en 1894, de la inscripción sepulcral sobre el «loculus» o sepulcro de la santa en las catacumbas de Siracusa, desaparecieron todas las dudas sobre la historicidad de la joven mártir Lucía, cuya fama y devoción se deben en gran parte a su legendaria Pasión, posterior al siglo V. La inscripción se remonta a comienzos del siglo V, cien años después del glorioso testimonio que dio de Cristo la mártir de Siracusa.
Epígrafes, inscripciones y el mismo antiguo recuerdo litúrgico (se debe probablemente al Papa Gregorio Magno la introducción del nombre de Santa Lucía en el Canon de la Misa) demuestran la devoción desde antiguo, que se difundió muy pronto no sólo en Occidente, sino también en Oriente.
Lucía pertenecía a una rica familia de Siracusa. La madre, Eutiquia, cuando quedó viuda, quería hacer casar a la hija con un joven paisano. Lucía, que había hecho voto de virginidad por amor a Cristo, obtuvo que se aplazara la boda, entre otras cosas porque la madre se enfermó gravemente.
Devota de Santa Águeda, la mártir de Catania, que había vivido medio siglo antes, quiso llevar a la madre enferma a la tumba de la santa. De esta peregrinación la madre regresó completamente curada y por eso le permitió a la hija que siguiera el camino que deseaba, permitiéndole dar a los pobres de la ciudad su rica dote.
El novio rechazado se vengó acusando a Lucía ante el procónsul Pascasio por ser ella cristiana.
Amenazada de ser llevada a un prostíbulo para que saliera contaminada, Lucía le dio una sabia respuesta al procónsul:
«El cuerpo queda contaminado solamente si el alma es consciente».
El procónsul quiso pasar de las amenazas a los hechos, pero el cuerpo de Lucía se puso tan pesado que más de diez hombres no lograron moverla ni un palmo.
Un golpe de espada hirió a Lucía, pero aun con la garganta cortada la joven siguió exhortando a los fieles para que antepusieran los deberes para con Dios a los de las criaturas, hasta cuando los compañeros de fe, que estaban a su alrededor, sellaron su conmovedor testimonio con la palabra Amén.
Llamados a ser hermanos
Santo Evangelio según san Mateo 21, 28-32.
Martes III de Adviento Por: Balam Loza, LC | Fuente: somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Padre bueno, vengo a tu presencia para escuchar tu voluntad. ¿Qué quieres de mí? ¿Cuál es tu voluntad para mi vida? Dame, Padre mío, fuerzas para cumplir lo que me pides. Es muy fácil decir «sí, quiero lo que Tú quieres» pero la verdad es que cuando viene la prueba o me pides un poco más de sacrificio me olvido rápidamente de mis buenos deseos y comienzo a quejarme. Hoy vengo ante ti para pedirte perdón por lo poco comprometido que soy y para pedirte tu fuerza pues ¿qué es el hombre sin ti? Padre, en ti confío.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 21, 28-32
En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, Señor, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». Ellos le respondieron: «El segundo». Entonces Jesús les dijo: «Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron. Ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
«No quiero» ¡Cuántas veces nos topamos con la pereza o la desgana en nuestra vida! Sin duda que más de una vez hemos dicho a familiares, amigos, compañeros de trabajo estas dos sencillas palabras. Sí, es muy triste y más de alguno podrá pensar muy mal de nosotros cuando actuamos así. No importa. Si nunca tuviésemos momentos de cansancio o enfado dejaríamos de ser personas de carne y hueso. Y no importa, sobre todo, porque nuestro Padre Dios nos ama independientemente de lo que podamos hacer mal.
Siempre hay errores. Al mismo tiempo está siempre la posibilidad de decir una palabra aún más sencilla y es: «perdón», «lo siento». He aquí la belleza. La posibilidad de, como diría Dickens en boca del señor Carton, «volver a la lucha, de comenzar de nuevo, de dejar el vicio y la sensualidad y llevar a un final victorioso el abandonado combate» (Historia de dos ciudades).
Todos podemos caer, y todos dejaremos el fusil en algún momento. Pero nadie está hecho para quedarse tirado en el suelo, nadie está hecho para vivir en el pecado. Todos somos débiles y cada uno sabe bien el pie del cual cojea. De igual modo cada quien tiene sus fortalezas y las conoce muy bien. Si somos débiles es para que alguien nos ayude cuando nos faltan las fuerzas, y si somos fuertes es para ofrecer el brazo a otro.
Pienso un sinfín de veces en la imagen del rompecabezas. Se puede querer un mundo en el que todos piensen igual que uno, que todos vayan en nuestra misma dirección. El rompecabezas, en cambio, tiene muchas fichas y cada una es única. ¿Qué es lo que pasa cuando se pierde una y es la qué falta para terminar? Todos comienzan a inquietarse y a buscar por todas partes. Así es la vida, el Padre ama a todos por lo que son, con sus más y con sus menos. Ha pensado desde toda la eternidad en cada uno. Estamos llamados a ser hermanos, hijos del mismo Padre.
«Jesús se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo y eso quiere decir a los que tenían la autoridad, la autoridad jurídica, la autoridad moral, la autoridad religiosa. Pero no tenían memoria porque habían olvidado incluso los diez mandamientos de Moisés por esa construcción de la ley intelectualista, sofisticada, casuística, esta ley que se volvió como un becerro de oro —otro becerro de oro— en lugar de la ley de Moisés. En el caso del primero de los dos hijos enviados por el padre a trabajar a la viña: inicialmente dice que no, pero después se arrepintió y fue. Mientras que estos jefes no sabían qué era arrepentirse, porque se sentían perfectos. También hoy Jesús nos dice a todos nosotros y a los que son seducidos por el clericalismo: “los pecadores y las prostitutas os precederán en el reino de los cielos”». (Cf Homilía de S.S. Francisco, 13 de diciembre de 2016).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy voy a ir a misa con la ilusión de acercarme al Padre, preferentemente con mi familia, para agradecer todos los bienes recibidos.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Síndrome de Peter Pan: «¡No quiero crecer!»
El síndrome se manifiesta en aquellos que, aunque llevan una vida profesional exitosa, en su vida se siguen comportando como adolescentes
El síndrome de «Peter Pan» se ha convertido en casi una enfermedad social: la de aquellos que no quieren terminar de madurar. El síndrome se manifiesta en aquellos que, aunque llevan una vida profesional exitosa, en su vida se siguen comportando como adolescentes, es decir, egocéntricos, irresponsables y ávidos de la última diversión.
El psicólogo norteamericano Dan Kiley denominó como Síndrome de Peter Pan al conjunto de rasgos que tiene aquella persona que no sabe o no puede renunciar a ser hijo para empezar a ser padre. Pese a ser un problema que se produce en ambos sexos y a todas las edades, el síndrome de Wendy es mucho menos frecuente.
Compartir un proyecto de vida en común con alguien que es incapaz de sacrificar o apartar los placeres de la juventud para poner todo lo que tiene para conseguir unas metas, no siempre fáciles, pero necesarias, a parte de producir insatisfacción, acaba convirtiéndose en un lastre a la hora de luchar por conseguir esos objetivos.
Ante la imposibilidad de encontrar la fuente de la eterna adolescencia, parte de los hombres de la sociedad actual han optado por anclarse en una juventud que si no física, si les garantiza la psicológica y la comodidad de afrontar el día a día sin ir más allá, una especie de carpe diem (aprovecha el día) cuya problemática aumenta proporcionalmente con la edad física del individuo.
Por mucho que pueda pesar, el paso del tiempo es ineludible y nadie escapa a él, ni siquiera estos Peter Pan modernos. Su comportamiento sigue siendo como el de un adolescente. Pese a su sonrisa casi imperecedera y a tratarse de personas muy divertidas y con unas inmensas ganas de disfrutar de todo los aspectos de la vida, tras esa apariencia se esconde alguien tremendamente inseguro con un terrible miedo a la soledad.
La inseguridad también se plasma en el campo afectivo. A pesar de una aparente seguridad en sí mismos, son personas que necesitan grandes dosis de afecto y la necesidad de una mujer a su lado que se lo pueda ofrecer. Pese a esta dependencia, cuando la relación se torna en algo más serio y empieza a requerir dosis cada vez más altas de compromiso y responsabilidad, se asusta y acaba produciendo la ruptura de la pareja.
Esto es una de las causas de que cambien continuamente de pareja, buscando incluso chicas más jóvenes, que impliquen menos planes de futuro y a su vez puedan contagiarse de su inmadurez. En el caso de coincidir en una pareja un Peter Pan y una Wendy, es posible que con el paso del tiempo cada uno acabe en la casa de sus padres. (Cfr. www.mundogar.com).
Durante el tiempo que se está bajo este síndrome, se vive con vistas a muy corto plazo, la persona se siente insatisfecha con lo que le rodea pero sin hacer nada para solucionarlo. Su búsqueda de satisfacción en cada momento, le hace recurrir al alcohol y las drogas como forma instantánea de obtenerla. Buscan siempre la culpabilidad de todo lo que sucede a su alrededor en los demás, sin que nunca se sienta realmente parte del problema, y ni siquiera de la solución.
Ana Luisa Gastón escribe: “La relación de este síndrome con la novela es que en el país imaginario Nunca Jamás el lema de los niños que viven allí es «no querer crecer nunca». O sea, permanecer siempre niño, aun siendo adultos”. Por ejemplo, hay personas que se sienten bien cuando los demás les aprueban y se sienten mal cuando les reprueban . En estos casos uno deja en manos de las demás conciencias su propio bienestar. Una de las razones posibles por lo que esto acontece es por la falta de conocimiento propio.
La psicóloga Iris Pugliese, codirectora del Centro Psicoanalítico Argentino, cuenta entre los síntomas del síndrome “la falta de responsabilidad, actitudes de desamparo, extorsión emocional y una alegre y despreocupada visión de la vida”. Y dice que estas personas, independientemente de su edad, siguen actuando y sintiendo como adolescentes. “Sería, por simplificar, tener un cuerpo de adulto con una mentalidad de niño”, ejemplifica. Y agrega que si no se supera esta fase, el problema ocasiona quejas emocionales, como baja autoestima: “ya que lo quiere todo, no quiere renunciar a nada de lo que tiene ni está dispuesto a poner nada de su parte para conseguir las nuevas metas y objetivos. No obstante, se queja y echa siempre la culpa a los demás. No se siente parte del problema o dificultad”.
El psicólogo Andrés Sánchez Bodas, Director de Holos San Isidro, atribuye este problema a dos causas. Por un lado, está el factor social: con el alargamiento de la expectativa de vida, los tiempos en los que las personas alcanzan diferentes metas se han atrasado; por eso, ahora se considera que la adolescencia puede durar hasta los 30 años. Por otra parte, aparecen los motivos personales: las personas que “no quieren crecer” ven como ventajas el no asumir compromisos ni responsabilidades. “Además –observa-, hay una valoración exacerbada de la juventud”, planteada especialmente por los medios de comunicación. Y explica que este mecanismo genera “una vuelta a la histeria; a vivir solamente en el presente”.
El psiquiatra español Aquilino Polaino tiene un libro, en la editorial Descleé de Brower sobre este tema, y da sugerencias a los padres de familia para evitarlo.
Puedo Perder la Fe
En la mayoría de los casos la fe se pierde por problemas de conducta: vida superficial, lecturas poco recomendables, indiferencia todo se puede prevenir al frecuentar los sacramentos y tener una buena dirección espiritual.
En la mayoría de los casos la fe se pierde por problemas de conducta: vida superficial, lecturas poco recomendables, indiferencia… todo se puede prevenir al frecuentar los sacramentos y tener una buena dirección espiritual.
Incumpliré el mandamiento de amor a Dios si, voluntariamente, mi fe flaquea, se hace vacilante o la pongo en peligro de perderla. El primer pecado contra la fe es el pecado de apostasía. Un apóstata es aquel que abandona su fe. La forma más común de apostasía es, en la sociedad de hoy, el postcristiano: aquel que dirá que fue cristiano, pero que ya no cree en nada. Muchas veces la apostasía es consecuencia de un mal comportamiento. Por ejemplo, cuando un católico vive en unión libre. O cuando uno de los cónyuges se une civilmente con un divorciado. Al excluirse del flujo de la gracia divina, la fe del católico se angosta y muere, viéndose al final del proceso sin fe alguna.
Además del rechazo total de la fe en que consiste el pecado de apostasía, existe el rechazo parcial, que es el pecado de herejía, y quien lo comete se llama hereje. Un hereje es el bautizado que rehusa creer una o más verdades reveladas por Dios y enseñadas por la Iglesia Católica. El conjunto de verdades -o dogmas- forman el tapiz de la fe católica. Pero es un tapiz tan especial que si un hilo se desprende acaba por quedar deshilachado del todo. Rechazar un dogma significa rechazarlos todos. Si Dios, que habla por su Iglesia, puede errar en un punto de la doctrina, no hay razón alguna para creerle en los demás. Así que como en el fondo todo hereje es apóstata, resultará indistinto, a efectos prácticos, referirnos a uno o a otro.
Una manera de inclinarse a la apostasía es la laxitud, o “manga ancha”. Puede haber un católico laxo que cumpla con el precepto dominical sólo esporádicamente. El origen de su descuido será, ordinariamente, pura pereza. “Trabajo mucho toda la semana, y tengo derecho a descansar los domingos”, dirá seguramente. Si le preguntáramos cuál es su religión, contestaría: “Católica, por supuesto”. Generalmente se defenderá diciendo que es mejor católico que “muchos que van a misa todos los domingos”. Es ya una excusa, argumento que todo sacerdote ha oído una y otra vez. Sin embargo, es habitual que la laxitud acabe en apostasía. Uno no puede ir viviendo de espaldas a Dios, mes tras mes, año tras año; uno no puede vivir indefinidamente en pecado mortal, rechazando constantemente la gracia de Dios, sin que al fin se encuentre sin fe, o por lo menos, con la fe muy menguada. La fe es un don de Dios, y llegará el tiempo en que Dios, que es tan infinitamente justo como infinitamente misericordioso, no permita que su don siga despreciándose, su amor rehusándose. Cuando la mano de Dios se retira, la fe muere. Un hombre no puede vivir en continuo conflicto consigo mismo. Si sus acciones chocan con su fe, una de las dos partes tiene que ceder. Si descuida la gracia, es fácil que sea la fe y no el pecado lo que arroje por la ventana. Muchos que justifican la pérdida de su fe por dificultades intelectuales, en realidad tratan de cubrir el conflicto más íntimo y menos noble que tienen con sus pasiones. Los problemas de fe son, en la mayoría de los casos, problemas de conducta: se arreglan con un buen lavado en el sacramento de la confesión.
Las lecturas imprudentes suelen ser terreno abonado para la apostasía. Cualquier talento medio puede ser fácil presa de las arenas movedizas de autores refinados e ingeniosos, cuya actitud hacia la religión es de suave ironía o altivo desprecio. Leyendo tales autores es probable que la mente superficial comience a poner en dudas sus creencias religiosas. Al no saber sopesar las pruebas, al no buscar los apoyos doctrinales sólidos, el lector incauto cambia su fe por los sofismas brillantes y los absurdos paradigmas que va leyendo.
Por eso, el aprecio que tenemos a nuestra fe nos llevará a alejarnos de la literatura que pueda amenazarla. Por muchos premios que un libro reciba, por muy culta que una revista nos parezca, si se oponen a la fe católica, no son para nosotros.
La objeción que algunos suelen oponer a lo anterior es la siguiente: “¿Por qué tienes miedo?”, dicen. “¿Temes acaso que te hagan ver que estabas equivocado? No tengas una mente tan estrecha. Hay que ver siempre todos los aspectos de una cuestión. Si tu fe es firme, puedes leerlo todo sin miedo a que te haga daño”.
A este planteamiento podríamos contestar, con toda sencillez, que sí, que tenemos miedo. No es un miedo a que nos demuestren que nuestra fe es errónea, es miedo a nuestra debilidad. El pecado original ha oscurecido nuestra razón y debilitado nuestra voluntad. Vivir nuestra fe implica negaciones, a veces muchas. Suele Dios pedirnos cosas que a nosotros, humanamente, no nos gustan.
El cosquilleo del egoísmo nos inclina a pensar que la vida sería más agradable si no tuviéramos fe. Sí, con toda sinceridad, tenemos miedo de tropezar con algún escritor de ingenio que infle nuestro yo hasta el punto en que, como Adán, decidamos ser dioses. Y sabemos que rechazar el veneno de la mente no es una limitación, exactamente igual que no lo es rechazar el veneno del estómago. Para probar que nuestro aparato digestivo es bueno no es necesario beber un litro de sosa cáustica.
Cada vez se observa con mayor frecuencia otro tipo de herejía especialmente peligrosa: el error del “indiferentismo”. El indiferentismo postula que todas las religiones son igualmente gratas a Dios, que tan buena es una como la otra, y que es cuestión de preferencias tanto profesar una religión determinada como no tener religión alguna. En su base, el indiferentismo yerra al suponer que la verdad y el error son igualmente gratos a Dios; o en suponer que la verdad absoluta no existe, que la verdad es lo que uno cree. Si supusiéramos que una religión es tan buena como cualquier otra, el siguiente paso lógico concluiría que ninguna es de Dios, puesto que Él no se ha pronunciado sobre ella.
La herejía del indiferentismo puede predicarse tanto con acciones como con palabras. Ésta es la razón que desaconseja la participación de un católico en ceremonias no católicas, la asistencia, por ejemplo, a servicios luteranos o ceremonias budistas. Participar activamente en tales ritos es un pecado contra la virtud de la fe. Nosotros conocemos cómo Dios quiere que le demos culto y, por ello, es gravemente pecaminoso dárselo según formas creadas por los hombres en vez de las dictadas por Él mismo. Esto no significa que los católicos no puedan orar con personas de otra fe, como lo hizo Su Santidad Juan Pablo II en el histórico encuentro de Asís, con los líderes de las más importantes confesiones religiosas. Pero una cosa bien distinta es participar en un acto de culto de una religión extraña.
Un católico puede, por supuesto, asistir (sin participación activa) a un servicio religioso no católico cuando haya razón suficiente. Por ejemplo, la caridad justifica nuestra asistencia al funeral o la boda de un pariente, amigo o vecino no católico. En casos de esta índole todos saben el motivo de nuestra presencia allí.
La razón de todo lo anterior es evidente: cuando alguien está convencido de poseer la verdad religiosa, no puede en conciencia transigir con una falacia religiosa. Cuando un protestante, un judío o un mahometano da culto a Dios en su templo, cumple lo que él entiende como voluntad de Dios, y por errado que esté (supuesta la rectitud de su conciencia) hace algo grato a Dios. Pero nosotros no podemos agradar a Dios si con nuestra participación damos a entender que el error no importa.
Santa Lucía, la protectora de la vista
Delatada por su pretendiente, murió mártir por querer consagrar su virginidad a Dios
Santa Lucía nació en Siracusa (Sicilia, Italia), de padres nobles y ricos y fue educada en la fe cristiana.
Murió mártir en plena persecución de Diocleciano (siglo IV) porque un pretendiente no soportó que entregara su virginidad a Dios y la delató ante el procónsul Pascasio.
Al ser interrogada por el juez, declaró: «Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo».
La devoción a santa Lucía se expandió enseguida. Se cuentan muchas leyendas en torno a la mártir.
Una de ellas explica que unos guardias le sacaron los ojos pero Lucía recobró milagrosamente la vista.
En 1894 se descubrió la inscripción sepulcral donde está enterrada en las catacumbas de Siracusa.
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Protectora de la vista
Santa Lucía es patrona de los ciegos y de los oculistas, así como de los sastres y costureras. Se le encomiendan los problemas de visión.
También es patrona de campesinos, electricistas, chóferes, fotógrafos, afiladores, cortadores, cristaleros, fontaneros y escritores.
Oración
¡Oh Bienaventurada y amable virgen Santa Lucía, universalmente reconocida por el pueblo cristiano como especial y poderosa abogada de la vista, llenos de confianza a ti acudimos; pidiéndote la gracia de que la nuestra se mantenga sana y le demos el uso para la salvación de nuestra alma, sin turbar jamás nuestra mente en espectáculos peligrosos. Y que todo lo que ellos vean se convierta en saludable y valioso motivo de amar cada día más a Nuestro Creador y Redentor Jesucristo, a quien por tu intercesión, oh protectora nuestra; esperamos ver y amar eternamente en la patria celestial. Amén.